LA PSICOTERAPIA... SIN EFECTOS SECUNDARIOS Dr. Guillem Feixas Tener a alguien con quien hablar es algo esencial para nuestra especie. Biólogos y etólogos de gran renombre sostienen que el lenguaje humano es un rasgo clave que nos diferencia del resto de especies animales. Los "homo sapiens" fueron un tipo de simios que se caracterizaban por disfrutar de la intimidad, de la relación continuada con la pareja y los hijos. Esto fue lo que propició que emitieran los mismos sonidos (por aquel entonces guturales) para designar las mismas cosas o acciones. Así nació un sistema simbólico común que, a lo largo de la evolución de milenios, se ha convertido en la pluralidad de lenguas actuales. Con la simplificación que acabo de hacer de este proceso enormemente complejo (y que todavía nos esconde algunos secretos) lo que quiero reafirmar es que la proximidad emocional y la comunicación son elementos imprescindibles para nuestra especie. Puede parecer obvio, pero vale la pena dejar bien claro que se trata de necesidades legítimas de las que no podemos prescindir sin traicionar en cierta manera nuestra condición de seres humanos. Y es que existen corrientes de pensamiento que nos invitan a menospreciar estas necesidades humanas, describiendo a las personas que las manifiestan abiertamente como dependientes, débiles o inmaduras. Ciertamente, la autonomía personal y la independencia son cualidades a valorar desde muchos puntos de vista. Y en ocasiones son primordiales. Pero la cultura anglosajona (y masculina), que está imponiendo cada vez más sus valores al resto del mundo, ha elevado a una categoría suprema estos valores, que encajan perfectamente con el individualismo y la competitividad que caracterizan los rasgos dominantes de este final de siglo. Y, al hacerlo, han denigrado a valores de segundo orden algunos de sus opuestos. A la persona que necesita compañía (y tiene el coraje de expresarlo) se la tilda de dependiente. A las que dedican esfuerzos a mejorar la calidad de sus relaciones personales se las considera poco productivas, entendiendo la producción en el sentido más material. Y, en definitiva, a todo aquel que valora las relaciones y la solidaridad, hay una cierta tendencia en nuestra sociedad a considerarlo como alguien débil en la lucha encarnizada que supone la vida "en la jungla" (mercados económicos, libre competencia, etc.). Como estos patrones son los dominantes en nuestra cultura actual, es difícil escapar a su influencia. Nos atrapan fácilmente de una u otra manera. Participar en una organización como El Teléfono de la Esperanza, u otros organismos centrados en la solidaridad y la cooperación, es una forma de recordarnos a nosotros mismos cuales son nuestros valores y de promoverlos entre los demás. Su propia existencia y vitalidad, así como las muestras recientes de solidaridad hacia Centroamérica son rayos de esperanza en un contexto ideológico y cultural que no se basa precisamente en la solidaridad, la promoción de la calidad en las relaciones humanas y el bienestar personal y social. Los servicios de asistencia médica, psiquiátrica y psicológica no están exentos de la influencia de los valores dominantes, ni mucho menos. Los sistemas de diagnóstico de enfermedades mentales y salud psíquica, para bien o para mal, se importan de Estados Unidos. Por ejemplo, se considera indicador de un trastorno de personalidad por dependencia una mujer que se siente desvalida cuando acaban unas relaciones íntimas. En cambio, no se considera como trastorno el caso del ejecutivo agresivo que es incapaz de establecer relaciones de calidad, de identificar y expresar sus emociones, y que tiende a utilizar el poder, el silencio o la retirada en los conflictos interpersonales, en vez de negociar y tener en cuenta a los demás. Estos valores dominantes tienen una gran influencia en la forma de tratar a las personas que padecen dificultades emocionales. La psiquiatría oficial cada vez dispone de más categorías en las que incluir las reacciones emocionales intensas que sufrimos los humanos cuando nos tropezamos con los problemas de la vida. Así pues, quedan definidas como enfermedades, con la promesa implícita de que con el tratamiento farmacológico se resolverán las dificultades existentes. Está claro que los pequeños tropiezos aunque nos provocan cierto malestar, no desequilibran nuestra vida. Pero el ciclo de la vida nos lleva, de tanto en tanto, a situaciones que nos resultan difíciles de resolver, y que ciertamente nos generan dolor y malestar, pérdidas de seres queridos, de lugares de trabajo, relaciones, cambios inesperados en el trabajo, conflictos en las relaciones familiares y de pareja, con las amistades, con las instituciones, con los vecinos,... ¡son tantas cosas las que nos pueden hacer perder el equilibrio! En estos momentos es esencial el apoyo de los que nos rodean. Necesitamos hablar de lo que nos preocupa. Recuerden, es característico de nuestra especie. Necesitamos expresar las emociones que nos generan los acontecimientos a los que nos enfrentamos. Si el contexto en el que las expresamos es de apoyo, nos permite que se conviertan en aceptables y podemos hacerlas nuestras, integrarlas. Cuando no ocurre así, actuamos "fuera de sí", desde el descontrol y el desespero. Pero, ¿qué puede hacer alguien que no dispone de una red de apoyo emocional, que no tiene a quien expresarle su sufrimiento?. La sociedad ha creado una serie de dispositivos a los que van a parar las personas con esta situación. Uno de los caminos es la enfermedad. Muchas personas en estas situaciones de tensión, malestar y sufrimiento no lo pueden expresar suficientemente bien verbalmente y presentan síntomas de enfermedad física, y realizan consultas médicas continuadas. Otros lo expresan en forma de síntomas psicológicos (tristeza, apatía, nervios, pánico, obsesiones, etc.) que con frecuencia se corresponden más adecuadamente a la naturaleza de su sufrimiento emocional. Estos casos tienen una altísima probabilidad de ser catalogados como algún tipo de trastorno mental. La etiqueta de depresión es un ejemplo prototípico (véase el libro de Dorothy Rowe, "La depresión", Ed. Paidós). En este caso el sistema sanitario lo que hace es medicalizar la situación. Redefine las dificultades emocionales en términos de enfermedades que se pueden tratar con medicación, y en las que la persona que sufre, ahora ya convertida en "paciente", tiene poca elección. Sus dificultades, le dicen, están causadas por una enfermedad que ha de ser tratada por un experto. No tienen ya nada que ver con su vida, con la calidad de sus relaciones, con los proyectos que se han visto truncados. Ni con sus desengaños o desilusiones. Se trata de un problema estrictamente médico que la medicación se encargará de solucionar. Afortunadamente, en muchos casos hay otras alternativas. Llamar al Teléfono de la Esperanza puede ser una oportunidad para expresar lo que uno siente, para encontrar consuelo, para sentir que hay alguien al otro lado, para sentirse escuchado. Y esto, en algunas situaciones puede ser decisivo sobre el curso que toman las cosas. En otras puede ser sólo un primer paso para buscar una ayuda más especializada. En la psicoterapia, al menos en la vertiente cognitiva y familiar que son las que yo conozco mejor, se puede encontrar un contexto en el que tratar las cuestiones que le afectan, clarificarlas, reconstruir su proyecto de vida y encontrar formas más útiles de afrontar las dificultades relacionales que sufre. ¡Y sin efectos secundarios! ã Guillem Feixas i Viaplana, publicado en el "Full Informatiu de Desembre, 1998, del Telèfon de LEsperança 93 414 4848" |