Hace muchos, muchos años (según
cuenta el relato), el ser humano hizo una elección decisiva.
Optó por vivir en base al conocimiento, en lugar de por la
obediencia. Era el camino difícil. El resultado, como ustedes
recordarán por el relato (o por haber tomado decisiones parecidas),
no fue particularmente feliz. Y como la historia no tiene un final
feliz, mucha gente (incluyendo a los teólogos que preferirían
que no hubiera perdido el estado de gracia) piensa que Adán
echó a perder las cosas. Supongo que no son los únicos
que lo creen; también están los economistas, impresionados
por la abundancia de artículos vitales que Adán parecía
recibir. Por cierto que los psicólogos del estímulo-respuesta
(al menos, los que se preocupan por cosas como esta) deben pensar
igual, pues parece que nuestro ancestro no actuó de manera
realista, en términos de los refuerzos que le rodeaban. En
todo caso, el ser humano (¡pobre de él!) prefirió
el trabajo y la confusión del conocimiento al placer y las
obvias recompensas de la obediencia absoluta.
Debe admitirse que el hombre no hubiese tenido la iniciativa necesaria
para dar el paso si hubiese carecido del estímulo de su compañera.
Sin ella, tal vez hubiese seguido feliz, haciendo lo que se le ordenaba,
como suele pasar en una comunidad de hombres solos (los equipos
de fútbol, los monasterios o el Cuerpo de Marina de los Estados
Unidos). Pero cuando las mujeres andan por los alrededores, o cuando
no puedes quitártelas de la cabeza, la seguridad material
y la satisfacción interna no siempre van de la mano. Sin
importar cuánta felicidad tengas a tu alcance, te sentirás
inquieto y ansioso por probar los límites de tus construcciones.
"¿Qué pasaría si..?" Las luminosas
posibilidades futuras se vuelven tan fascinantes que nos ciegan
a las evidentes recompensas del presente.
En todo caso, había una mujer en el Paraíso. Aparentemente
(según el relato), no era parte del diseño experimental
original. Había sido introducida como una concesión
de último minuto, sin atender a los problemas de controles
experimentales que podía originar. En consecuencia, las cosas
no salieron como el Investigador Principal había especificado
en su proyecto inicial. En cualquier caso, esta fue la primera vez
(pero ciertamente no la última) que un investigador adoptó
una actitud punitiva hacia sus sujetos por no confirmar sus hipótesis.
Ahora, ¡hablemos de esta mujer! No era totalmente desobediente;
pero alguna cosa había revuelto sus sentimientos, una cosa
que había interpretado sugestivamente: algo simbólico,
sin duda. Y mientras que (como parece ocurrir con el sexo opuesto)
no estaba dispuesta a actuar de manera inapropiada (cosa que debemos
aducir en su favor), sí comentó el asunto con Adán,
como quien no quiere la cosa, por si se le ocurría hacer
algo al respecto. A esta estrategia doméstica se le llama
"compartir tus problemas". Por supuesto, Adán hizo
algo al respecto; y, siendo el compañero fiel que era, llevó
el asunto hasta el final. Estoy seguro de que es esto lo que hace
que el mundo gire en vez de sentarse con dócil complacencia;
y lo que lo convierte, día a día, en el terrible y
fascinante rompecabezas que ha llegado a ser.
Así pues, sin importar la cantidad de textos de psicología
cuyos autores teorizan sobre un tipo de naturaleza humana mientras
trasnochando ante sus máquinas de escribir demuestran otra
(porque podrían estar soñando bellas fantasías
o dedicándose a algún otro tipo de satisfacción
de necesidades) , parece que, por naturaleza, el ser humano prefiere
participar en la carrera a cobrar las ganancias. Esto equivale a
decir que (a despecho de las solícitas amonestaciones y terribles
amenazas de los teólogos, y de los informes psicológicos
que atestiguan la conformidad de las ratas y los estudiantes de
secundaria a sus refuerzos) el ser humano tiende, finalmente, a
preferir un conocimiento tenue y personal a la felicidad garantizada
desde el exterior. Al menos así actúa cuando las mujeres
se pasean a su lado formulando vagos problemas en esa irresponsable
actitud tan suya (y esto ocurre la mayor parte del tiempo). Por
supuesto, puede comenzar a actuar como una rata o como un estudiante
de secundaria, si eso es lo que se espera de él; pero antes
de terminar se descubrirá usurpando el rol del Creador, arrojando
satélites al espacio exterior o, peor aún, desentendiéndose
de la psicología del comportamiento para dedicarse a actuar
como un verdadero psicólogo.
A veces parece que el ser humano se dedica a hacer todo lo que puede
para desestabilizar la operación regular de nuestro bien
reglamentado universo. Su manía de entrometerse con el futuro,
en vez de perpetuar el pasado o disfrutar del "estilo de vida
americano", hace de él un perenne Adán; uno que
no sabe que (se supone) ha de ser él mismo, que ignora sus
motivaciones, y que no puede detenerse una vez que se ha vuelto
rico. Por momentos sospecho que la única razón por
la que el ser humano investiga las leyes de su conducta es para
encontrar una forma de escapar de ellas. Por descontado, este no
es el tipo de cosa que puede decir en público un psicólogo
(al menos, si quiere ser "científico").
Nada de esto es muy atinado, en particular si se supone que uno
debe "ser uno mismo", mantenerse en su órbita natural,
girar en torno a su propio eje. Como en el caso de Adán (que
no actuó de acuerdo con las especificaciones de su Diseñador),
éste es el inconformismo que lleva a los moralistas a invocar
la noción de "pecado" y a los psicólogos
la de "paradoja neurótica" : y ambas nociones representan
esencialmente la misma frustración de los que creen que la
conducta humana debe siempre seguir las leyes ideadas para explicarla,
no al revés. Peor aún, esta tendencia del hombre a
desligarse de su biografía y sus refuerzos para lanzarse
al futuro aferrándolo con las dos manos nos pone a los científicos
en una posición embarazosa. Es como si debiéramos
admitir que la naturaleza humana es desorganizada, tras haber defendido
ardientemente la proposición (supuestamente) más esencial
de la ciencia, "toda la naturaleza sigue un orden".
Por lo que he dicho de Adán (que frustró a su Creador
hasta que Este, exasperado, lo llamó "pecador")
y del resto de la humanidad (que frustra a los psicólogos
hasta recibir el diagnóstico de "paradoja neurótica"),
puede parecer que defiendo una especie de anarquía. Esta
no es mi intención, en absoluto. Que la naturaleza humana
no actúe como se supone que debería no es motivo para
concluir que es o bien pecaminosa o bien paradójica. Tampoco
deberíamos concluir que no obedece a una ley; o, ya puestos,
que sí lo hace. Pero está claro que la psicología
está en dificultades; y, aunque no estoy tan seguro, creo
ser capaz de decir cuáles son.
Por mi parte, estoy bien dispuesto a asumir (y, en efecto, parece
importante hacerlo) que existe una realidad ahí afuera; o,
si lo prefieren, una verdad en lo más recóndito de
nosotros. Como estamos hablando de psicología, será
mejor suponer que está en nuestro interior; aunque su localización
exacta no importa demasiado en este preciso momento. El hecho es
que nuestro control y comprensión de la realidad es únicamente
parcial. Además, puede que esté un poco más
lejos, o a mayor profundidad, de lo que hemos creído siempre.
Estas cosas han pasado antes en la ciencia.
Siendo así, acaso hemos tomado la historia del Génesis
(o los hallazgos de nuestros laboratorios de psicología)
demasiado literalmente. Indudablemente, el aprendizaje ocurre en
el contexto del refuerzo; al menos, así parece, cuando lo
miramos con nuestras gafas hullianas . Pero ¿qué porción
de la verdad está encerrada en este hecho? Y ¿cuánto
nos aproxima a la naturaleza humana la psicología norteamericana
actual? No lo sabemos, en realidad. Si estamos cometiendo un error,
no es el de asumir que hay una verdad, o el de confiar en que podemos
acercarnos a ella cada vez más: es el de pretender que la
hemos encontrado, el nutrir la idea de que la tenemos atrapada en
el nivel de confianza del uno por ciento.
Por mi parte, estoy dispuesto a sostener incluso que el pecado existe
en realidad. Pero rectificaré si alguien toca a mi puerta,
me entrega un catálogo y me dice: "Bendito seas, hermano:
he oído que crees en el pecado, y aquí lo tienes,
con índice analítico incluido". En estos casos,
me inclino a sugerir al visitante que profundice su investigación
antes de publicar sus hallazgos (aunque puede que no le devuelva
el catálogo antes de haber ojeado los dibujos). Y puede que
diga, tras echarle una mirada: "Cielo santo, éste es
el compendio más actualizado del pecado que he visto jamás;
y lo usaré como guía, hasta que no encuentre otro
mejor". Pero, tal como ocurre en la ciencia, lo que lleguemos
a considerar pecaminoso dentro de mil años puede ser tan
distinto de las perversiones que comentan nuestros predicadores
como la moralidad de hace mil años (o sólo un centenar)
lo es del sentido de decencia que se gesta hoy, en 1963 (especialmente
en lo relativo a la igualdad de oportunidades para otras razas).
Lo mismo se aplica a la ciencia en general y a la psicología
en particular. Aspiremos a acercarnos un poco más a la verdad.
Así que, como experimento psicológico, el Edén
no salió como se esperaba. ¿Quién tuvo la culpa?
¿Adán, por desobedecer? ¿Eva, por formular
una pregunta muy femenina? ¿La serpiente, por su verdad a
corto plazo ("Relájate, querida, ¡hacerlo no te
matará!")? ¿O el Creador, por crear un ser de
una forma y luego exigirle que se comporte de otra? ¿O es
que la falla está en nuestra pertinaz incapacidad para interpretar
lo que sucede en los asuntos humanos? Estoy dispuesto a asumir que
la culpa es nuestra: a falta de una razón mejor, porque siguiendo
esa presuposición podemos reexaminar la naturaleza humana
(y la de Dios, para el caso) y tomar medidas más realistas
ante nuestros problemas.
Veamos, pues: he dicho que la misma aproximación a la verdad
se aplica al científico y al filósofo moral; y luego
he discutido la psicología del Edén como si tuviese
relación con la psicología humana. La tiene, sin duda;
pero quizá debo usar un ejemplo actualizado y discutir la
psicología del laboratorio y la clínica, pues difícilmente
encontraremos "Edén" en el catálogo de los
Psychological Abstracts. Sin embargo, diré más o menos
lo mismo que dije sobre el que fue, según los rumores, el
primer hombre.
De manera que (igual que en el proyecto del Edén) nuestros
experimentos desconfirman nuestras hipótesis, nuestras mujeres
contraen neurosis, nuestras naciones caen en un violento frenesí.
¿Quién tiene la culpa? ¿Los sujetos, por desobedecer
las leyes de la naturaleza humana? ¿Tienen la culpa quienes
continúan haciendo preguntas cuando sería mucho más
seguro permanecer en la ignorancia? ¿Son culpables los políticos
de miras cortas y los publicistas que pregonan promesas evanescentes
a las personas ingenuas ("Vamos, querida, ¡es por tu
propio bien!")? ¿Es culpa de quienes crean un tipo de
sociedad y luego escriben leyes para una sociedad distinta? ¿O
es culpa nuestra, al dar por sentado que la naturaleza humana reside,
no el ser humano, sino en los sistemas psicológicos ingeniosamente
erigidos por Freud, Hull, Jefferson o Marx, o en las conclusiones
estadísticamente templadas de la experimentación científica?
Como antes, prefiero asumir que, dondequiera que recaiga la culpa,
la responsabilidad sigue siendo nuestra; y que la naturaleza humana,
fuera lo que fuese, debe buscarse en las vidas de los hombres, mujeres
y niños que pueblan la Tierra a ambos lados de la carretera
(y también del Telón de Acero). Bajo esta suposición,
central para el resto de mi discurso, podemos lanzar nuestros esfuerzos
psicológicos en direcciones que nos lleven más cerca
de la verdad que lo que hemos conseguido hasta ahora.
Con todo respeto para los psicólogos que levantan sistemas
entre ellos y los seres humanos que los rodean (de lo cual soy tan
culpable como cualquiera), el siguiente paso en esta discusión
es señalar que mientras más cerca se está de
la gente, más cerca se está de la naturaleza humana.
¡Recordemos, sin embargo, que estar cerca de una persona no
garantiza que seamos capaces de entenderla! Pero, por otra parte,
si nunca nos aproximamos a ella difícilmente desarrollaremos
un buen modelo para comprenderla. Por eso creo que la psicología
clínica es básica para una psicología científica.
En la medida en que la psicología ignora la vida íntima
del ser humano, comete el mismo error que se cometió en el
Edén (un error complicado por las interpretaciones legalistas
y punitivas de los fanáticos religiosos). El código
oficial decretaba que Adán y Eva debían ser felices
mientras tuvieran el estómago lleno. ¡Pero el hecho
es que no lo eran! ¡Alguien metió la pata! Ah, estoy
seguro de que si los hubiesen persuadido para formar parte de un
simple experimento de refuerzo, hubiesen actuado de acuerdo con
las especificaciones. Seguramente eran personas corteses y cooperativas.
Pero en lo fundamental, se necesita una perspicacia mucho mayor
de la que han dado prueba los teólogos y el narrador de la
historia para entender por qué estas dos inquisitivas personas
decidieron, en una ocasión crucial, investigar el misterio
de la vida, en lugar de obedecer ciegamente y recoger su ración
diaria de refuerzo de los árboles del jardín.
A veces se afirma que las personas se desesperan no se comportan
como lo hacen habitualmente. Así es. Cuando las cosas van
bien, las personas tienden a comportarse como todos los demás,
o de acuerdo a las costumbres y rituales de su cultura (tal y como
las registran los antropólogos culturales). Pero ¿qué
es mejor para el psicólogo que desea comprender la naturaleza
humana: observar a alguien cuando actúa de acuerdo con el
código local, o intentar entenderlo cuando depende sólo
de sus propios recursos sin guiarse por ningún código?
Por supuesto, ir al psicoterapeuta puede ser un ítem del
código local. En estos casos, me temo que la búsqueda
de ayuda psicoterapéutica no sea más que un reflejo
conformista; y esto desorienta tanto al psicólogo clínico
como al experimental, que insiste en hallar sujetos "normales"
para su investigación.
La psicología aplicada no me entusiasma en absoluto. Y por
eso creo que la psicología clínica, especialmente
la psicoterapia, es tan importante. Esto es obvio, espero.
En el Edén (me parece) se cometió el error de tratar
con los inquilinos en términos de psicología aplicada.
El Creador, con gran experiencia acumulada en la creación
de cosas, tenía una idea muy clara de cómo hacerlo.
Disfrutaba de la ventaja de usar estadísticas de la población
entera (o eso dice el relato); no necesitaba preocuparse por la
teoría de probabilidades, lo cual debió aliviarle
enormemente. Por tanto, en términos de su bien establecida
media aritmética (o de su media hipotética para las
subespecies emparentadas), era perfectamente razonable esperar que
su trabajo final obedeciese las reglas. En este punto, Él
se convirtió en un psicólogo aplicado; y sentó
la Ley, respaldándola con un programa de refuerzo óptimo.
Eso nos han contado, al menos.
Parece que la serpiente también enfrentó la situación
desde el punto de vista de la psicología aplicada. Quizás
se formó en ella desde un principio; no lo sé. De
cualquier modo, sufría la desventaja de disponer solamente
de estadísticas sobre muestras reducidas: hasta entonces
nunca había experimentado la "técnica de la tentación",
la "psicoterapia racional" ni nada por el estilo. Sobre
esto, el relato es explícito: había de basar sus hipótesis
en un constructo hipotético. Y (como sabe cualquier doctorando)
este fundamento tiene menos solidez que una variable intermediaria.
¡Quizá se debiera a esto su cortedad de miras! En todo
caso, empleó su estadística de muestras reducidas,
asumió un riesgo al nivel de confianza del diez por ciento,
y le dijo a Eva que no moriría, como ella creía, al
comer el fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal.
Dentro de sus respectivos marcos referenciales, tanto el Creador
como la serpiente tenían razón. Sin embargo, ambos
estaban equivocados. El Creador acertaba al suponer que la mayor
parte del tiempo (es decir, normalmente, en sentido estadístico),
el ser humano se comporta como se espera de él. Sigue las
normas sociales dominantes y responde a sus refuerzos. Y si no lo
hace, lo expulsamos del experimento (cosa que, como pueden ver,
tiene un precedente antiquísimo y honorable). Los psicólogos
han demostrado que, en esto, Dios estaba en lo correcto: y debo
decir que la evidencia es apabullante. Parece que sólo hubo
una ocasión en el Edén en la que la aplicación
doctrinal de la investigación psicológica validada
fracasó. Y cuando se compara este único incidente
con los miles de incidentes previos en los que la hipótesis
se comprobó, seguramente se alcanza el nivel de fiabilidad
del 0.0001, que satisfaría a los experimentalistas más
rigurosos.
Sin embargo, la ocasión en que falló la hipótesis
parece haber sido crucial; o, tal vez, el Creador era un determinista
absoluto, que no se contentaba con semejante nivel de fiabilidad.
Según el relato, tuvo una rabieta, castigó a Sus sujetos
con gran ingenio, y los expulsó del experimento. De acuerdo
con otro informe, no hizo ningún esfuerzo serio por ponerse
en la piel del ser humano hasta 4004 años más tarde,
en el 4 a.C., cuando abordó el problema desde la perspectiva
de la psicología de los constructos personales.
El experimento de la serpiente también tuvo éxito;
al menos, el relato no dice que quedara insatisfecha. De hecho,
fue un consumado triunfo para la estadística de muestras
reducidas. Eva comió la manzana; y (como sospechaba el experimentador)
no pasó nada. Ciertamente no murió al instante, como
temía; y para cuando murió, muchos años después,
la serpiente ya había publicado sus resultados y había
conseguido el puesto de Director de Departamento. Era demasiado
tarde para obtener un informe verbal de las reacciones de Eva. De
forma que, a todos los fines prácticos, la tentación
fue un gran éxito, y ha sido citada en todas las recensiones
subsiguientes.
Sin embargo, desde otro punto de vista, la serpiente estaba muy
equivocada: pues el ser humano ha estado luchando con este problema
del bien y el mal desde ese momento. Guerras, persecuciones, discordias
familiares, intolerancia, supresión de sus esfuerzos creativos:
todo esto y más, continuamente, en tanto el ser humano ha
tratado de imponerse a sí mismo y a los demás su dogmática
noción de lo que es psicológicamente bueno y ha intentado
destruir a cualquiera y cualquier cosa considerada mala. El bien
ha sido definido en términos de conformidad en lugar de buscarlo
en términos de entendimiento mutuo. Esto, evidentemente,
es psicología aplicada; y, como he indicado, creo que una
de las formas de corregir la situación es estudiar la naturaleza
humana por medio de la psicoterapia para adquirir una ciencia más
perceptiva.
No digo que la naturaleza del ser humano sea la de los seres humanos
extraordinarios. Lo que quiero decir es que la naturaleza humana
se revela en sus momentos extraordinarios, que pueden ser estudiados
en el curso de su psicoterapia. Y por eso no tengo intención
de ser un psicólogo aplicado, y no estoy de acuerdo con que
la media de las reacciones conductuales humanas en situaciones de
conformidad sea una medida adecuada de su naturaleza básica.
Porque aceptar este principio es aceptar que la psicología
humana es una psicología de normas y mediocridad estadística.
Es conceder que la verdad recae en la mayoría; y unirse,
me temo, al clamor por una psicología unificada, como si
la verdad se alcanzase por medio de la negociación.
Debe admitirse que la psicoterapia no es la única oportunidad
de ver al ser humano en sus momentos cruciales, cuando los convencionalismos
le han traicionado y no tiene más recursos que su propia
naturaleza. Podemos contemplar la naturaleza humana en otras situaciones.
Quizá podamos estudiarla igual de bien cuando el ser humano
afronta la muerte, y rememora, arrepentido, una vida de comportamiento
normal y conformista. Quizá la podemos ver revisando la historia
de estos últimos dos o tres mil años, en los que el
torrente de conductas conformistas, normales y promedio se ve misericordiosamente
eclipsado por los logros clave de los hombres y los pueblos. Quizá
podamos verla en una guardería antes de que la socialización
y la disciplina hagan su aparición. Quizás podamos
verla incluso en el laboratorio; aunque lo más probable es
que, si se presenta, expulsemos a los sujetos, como se expulsó
a Adán y Eva cuando dejaron de confirmar una cierta hipótesis
experimental sobre la eficacia del refuerzo.
Pero, por todas partes, la naturaleza humana puede ser observada
a punto de emerger, en ninguna otra parte tendremos más necesidad
de afrontar sus desconcertantes complejidades y exasperantes perversidades
que en nuestros esfuerzos por lograr una psicoterapia exitosa. Aquí
se espera que la persona luche por cambiar mientras busca un compromiso
entre las doctrinas psicológicas normalizadas que lo rodean
y su propio empeño en alcanzar lo que antes nunca había
podido. Afrontar este problema no es siempre cómodo para
un científico en ciernes; no es una forma muy práctica
de acrecentar su currículum de publicaciones, y acaso sea
este el motivo por el que los psicólogos clínicos
publican tan poco, y lo que publican resulta tan poco concluyente.
Pero por insatisfecho que yo esté con el progreso de la psicología
clínica, me siento aun más pesimista ante cualquier
psicología científica que se desmarque de la inquietante
realidad de la psicoterapia. Pues, como dijo Mark Twain: "Todo
perro necesita pulgas, no sea que se olvide de que es un perro".